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miércoles, diciembre 10, 2008

El destierro de la religión en la vida pública


Dios excluido de la sociedad


ROMA, domingo, 7 diciembre 2008 (ZENIT.org).- Es necesario resistir ante los intentos de excluir la religión de la vida pública. Este es el mensaje central de un par de libros de reciente publicación que reflejan la presión cada vez mayor para rechazar cualquier papel de la fe en la vida pública.


El laicismo radical, que espera negar a la fe todo papel fuera de su dimensión privada, debilita a la civilización occidental, según Herbert London, presidente del Hudson Institute, con sede en Washington.


En su libro: "America's Secular Challenge: The Rise of a New National Religion" (El Desafío Laicista de América: El Surgimiento de una Nueva Religión Nacional) (Encounter Books), London afirma que lo que el laicismo ofrecen para sustituir la religión no es suficiente para salvaguardar valores clave de nuestra civilización. Esto es especialmente preocupante en un momento en el que Occidente se encuentra amenazado externamente - por el Islam radical - e internamente - por la anemia espiritual y moral.


London identifica algunos factores que han alterado de modo radical el panorama cultural en los últimos años. El primero es el multiculturalismo, que no sólo afirma la igualdad de todas las culturas, sino que en ocasiones parece proponer la inferioridad de la cultura occidental comparada con otras.


El debilitamiento de las iglesias, una forma extrema de tolerancia, y la esperanza de que el racionalismo y la ciencia puedan resolver todos nuestros problemas, son otros cambios de los observados por London. Citando a Benedicto XVI, el autor advierte de que la privatización de las creencias lleva a una injusta exclusión de Dios de la sociedad.


Los laicistas, comenta London, suelen presentarse como defensores de la legítima separación de la iglesia y el estado. En realidad, su objetivo es más radical; buscan la exclusión completa de la fe de cualquier papel o expresión pública. El resultado es que la observancia religiosa es vista como algo vergonzoso, y digno de evitar por una persona inteligente.


London critica también la actitud de la "generación yo", que creció en los sesenta. Dios vino a ser visto por ellos como una indebida restricción de su libertad personal: "¿Por qué vivir para cumplir el ‘plan de Dios' cuando uno tiene tantos planes propios?".


No obstante, tal postura egocéntrica degeneró rápidamente en la creencia de que nuestra búsqueda de significado puede ser satisfecha siguiendo nuestras sensaciones.


El relativismo es otra poderosa fuerza que mina la religión. Los relativistas, explica London, sostienen que cada persona hace su propia verdad según los dictados de su conciencia. En consecuencia, la moralidad es circunstancial.


Conciencia


Austin Dacey critica con dureza esta privatización de la conciencia y de la fe en su libro "The Secular Conscience: Why Belief Belongs in Public Life" (La Conciencia lacia: Por qué la Fe forma parte de la Vida Pública) (Prometheus Books). Resulta interesante que Dacey, como London, cite a Benedicto XVI en las primeras páginas de su libro.


Dacey cita la homilía pronunciada por entonces cardenal Joseph Ratzinger al colegio de cardenales el 18 de abril de 2005, poco antes de comenzar el cónclave en el que sería elegido Papa. La homilía advertía en contra de los peligros del relativismo de la cultura contemporánea.
El relativismo que plantea hoy tal peligro, explicaba el cardenal Ratzinger, surgió debido al secularismo y a la descristianización de la sociedad. Dacey comenta que en aquel momento muchos de los principales intelectuales laicos de Europa estuvieron de acuerdo con los puntos planteados por el cardenal Ratzinger.


Observadores de todo el espectro político, observa Dacey, también están de acuerdo en que el ascenso del relativismo ha traído consigo un aumento dramático del crimen y de la disfunción social.


Dacey no es un apologista de la religión. De hecho, lo que él defiende es una vuelta al liberalismo laico, pero no en la forma que ha adoptado en los últimos tiempos. Según él, el liberalismo laico se salió de cauce al insistir tanto en la idea de que la religión, la ética y los valores son sólo materias privadas.


Esto ha ocurrido porque el laicismo comparó la conciencia privada con los conceptos de lo personal y de lo subjetivo, colocándolos así fuera de los límites de un examen serio. Si la conciencia está más allá de cualquier crítica no se la puede someter a un escrutinio público.


Esta versión contemporánea del liberalismo no está de acuerdo con la tradición liberal laica que se formó en los siglos XVII y XVIII. Dicha tradición, según Dacey, mantenía un fundamento moral de la sociedad que podría trascender las diferencias religiosas y que concebía también los derechos naturales como evidentes para el sentido moral universal.


El primer capítulo del libro de Dacey está dedicado a un recorrido histórico de cómo el liberalismo se desarrolló para abrazar la privatización total de la conciencia y de la religión. Una de las consecuencias de esta visión distorsionada del liberalismo ha sido la serie de decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos que permitieron el aborto bajo la justificación de un derecho privado.


La religión es un asunto privado en el sentido de que el estado no debe ponerse bajo el control clerical o usar ninguna religión, observa Dacey. Pero sería mejor concebir esto como que la religión es un asunto no gubernamental, más que buscar hacer de la religión un asunto meramente privado que no tiene relevancia pública.


Vocación


Benedicto XVI ha tratado con frecuencia el tema de la religión y la vida pública. En su discurso el 15 de noviembre a los participantes en la asamblea plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos, afirmó que los fieles laicos tienen una vocación y misión en su vida social.


"Todos los ambientes, las circunstancias y las actividades en los que se espera que resplandezca la unidad entre la fe y la vida están encomendados a la responsabilidad de los fieles laicos, movidos por el deseo de comunicar el don del encuentro con Cristo y la certeza de la dignidad de la persona humana", declaraba el Pontífice.


En su discurso del 27 de octubre a la nueva embajadora de Filipinas ante la Santa Sede, el Papa explicaba, "La Santa Sede busca implicar al mundo en el diálogo para promover los valores universales que dimanan de la dignidad humana y para que la humanidad avance en el camino de la comunión con Dios y con el otro".


La Iglesia, continuaba, reconoce la autonomía respectiva tanto de la Iglesia como del Estado: "Podemos decir con razón que la distinción entre religión y política es un logro específico del cristianismo, y una de sus aportaciones históricas y culturales fundamentales".
Esta distinción, no obstante, no significa oposición, añadía. De hecho, el Santo Padre sostenía que el estado y la religión deberían apoyarse mutuamente, "puesto que juntos sirven al bienestar personal y social de todos".


"Cultivando un espíritu de honestidad e imparcialidad, y teniendo la justicia como meta, los líderes civiles y eclesiales se ganan la confianza de las personas y fomentan un sentido de responsabilidad compartida de todos los ciudadanos para promover una civilización del amor", explicaba.


Muchos han reflexionado sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado, observaba Benedicto XVI en un discurso en el Palacio del Elíseo el 12 de septiembre en su encuentro con las autoridades de Francia.


Es fundamental, afirmó, insistir en la distinción entre política y religión. Es igualmente importante "adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad".


Un vistazo al mundo que nos rodea no deja dudas de que la tarea de formar las conciencias es algo que produce desánimo. Se trata, sin embargo, de una tarea cada vez más urgente y en la que la religión un papel vital que desempeñar.


Por el padre John Flynn, L. C., traducción de Justo Amado

miércoles, enero 03, 2007

Laicismo y laicidad, dos realidades diferentes.



Pongamos un ejemplo, nacionalismo y nacionalidad no son lo mismo. Yo soy de la nación española, pero no soy nacionalista. Soy laico y gozo de una propiedad, la laicidad, pero no soy laicista.

¿Donde la diferencia? Laico es contrapuesto a religioso pero no en el sentido de práctica religiosa sino de estado. Se vive en el mundo y se participa de todas las preocupaciones mundanas pero no se es mundano. Se puede ser fiel de la Iglesia católica, o fiel de otra confesión religiosa y ser laico. Más bien, lo normal de todo fiel de una confesión religiosa es su carácter de laico. Es lo propio de la mayoría de los ciudadanos.

Lo propio del ser humano es confesar al creador, adorarle y reconocerle como Dios. Pero el mundo de aquí abajo perdería su encanto y su armonía si quisiéramos construirlo como réplica del cielo o del paraíso. La tierra no es ni debe ser un paraíso. Es un lugar de paso, con necesidades corrientes e "irrepetibles", que dejarán de ser necesidades en los mundos celestiales.

Ahora tenemos que preocuparnos, vivir el afán de la búsqueda del alimento, la novia, los hijos, las pensiones, el vehículo utilitario, la vivienda, el veraneo, el descanso, las diversiones. Son todas preocupaciones del tiempo presente y ocupan una parte muy importante de nuestro tiempo y nuestra cabeza. Ahí todos podemos ponernos de acuerdo para encontrar el modo de satisfacer mejor y con más calidad las necesidades terrenas. Eso es ser laico, eso es estar impregnado de la "laicidad". Pero, en absoluto eso es ser laicista.

Laicista es aquel que convierte lo terreno en celestial y que centra "toda su vida" en satisfacer las necesidades terrenas, materiales principalmente y, curiosamente, con el afán del máximo disfrute. El laicista suele ser hedonista porque mira la realidad sólo desde la "carnalidad", y después no tiene ni quiere dar explicación del más allá.

Con ese laicista aún se podría convivir. Unos viviríamos en el mundo atendiendo nuestras necesidades terrenas, comunes a todos los hombres, y tendríamos la amplitud de mira de saber que esta vida terrenal es un paso para la eterna. Procuraríamos vivir, gozar, amar, sonreír y trabajar procurando hacer el bien, procurando ser mejores, y todo por el Dios en el que creyésemos agradar. Otros harían lo mismo, o casi lo mismo, aunque sólo por el "sentimiento de estar a gusto consigo mismo", con esa voz de su conciencia que les dice lo que está bien o mal. Vivirían una vida chata pero estarían cerca, muy cerca, de los creyentes: y esa cercanía estaría en el fomento de lo bueno.



Pero el laicismo habitual no es de un individuo, sino de todo un sistema social. Es un laicismo impositivo. Lo que pretende es que "toda la vida de los hombres" se viviese como si Dios no existiera. No admite que algunos tengan profundidad en su punto de vista. Se molestan con la mera mención de la palabra: "eternidad". Además pretenden eliminar esa voz de su conciencia y quieren construir un mundo "como si las virtudes humanas no existieran", lo que es lo mismo a decir que "el alma, donde se asientan los principios morales" no existiera. Es un mundo sin Dios y sin hombre el que propugnan,

Entonces ¿qué sistema propugna el laicismo actual? el del dominio de la voluntad, que es lo mismo que el dominio de la fuerza, donde la humanidad es, simplemente, una especie animal más, donde el individuo se subordina a la colectividad. Han avanzado en culto a la humanidad y han alineado al hombre. Y entonces los esquemas que propugnan ya no son compatibles con los de la mayoría de los hombres, por eso son "líderes", "ilustrados", "educadores en asignaturas de laicidad". Su meta no es el amor, el bien ni la verdad. Sus metas son el placer, lo políticamente admitido y el consenso. Y en eso son una "secta", porque sus prácticas llevan a sacrificar al individuo por la colectividad.

Y para formar ese nuevo hombre necesitan ser agresivos. Signos evidentes de su mal son muchos, todos manifiestamente agresivos contra el sentir religioso natural en los hombres: belenes, crucifijos, cultos cristianos, enseñanza de la religión, y todo signo religioso cristiano han se ser eliminados. Pero también el mismo nombre de Dios, la concepción de bien y de verdad, todo sentido transcendente. Y en especial la primera composición social natural: la familia que ha de ser reinterpretada para que se imponga el Yo sobre la naturaleza de las cosas.

Ese laicismo no es que sea anti-cristiano, es que es anti-humano.

frid