domingo, julio 25, 2010

Año jacobeo y el Centro de la Historia

Año Jacobeo y fiesta principal del santo patrón de España, gran apóstol Santiago. Veinte siglos de cristiandad, sobre esta amada tierra, nuestra patria; de muchos pueblos formada. Caminos de Santiago, trazos del corazón creyente, millones de pisadas de peregrinos. Sendas hechas por la fe para el encuentro con Jesús; Señor de Santiago y de la Historia.



Ahora que tanto se escribe y se habla de civilizaciones y de culturas. Ahora que andamos tan perdidos entre términos como nación o nacionalismos, pueblo o etnias ¿Nos preguntamos, acaso, cual es el meollo de nuestra historia? ¿Sabemos de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos? ¿Nos inquieta reconocer, a mí primero, cuál es el verdadero centro de la Historia?



Cuando yo era pequeño, me interesé mucho por una gran obra de Julio Verne que se titula: “Viaje al centro de la Tierra”. Y nunca ha dejado de interesarme. Pues bien, Cristo es el único y verdadero centro de la Historia y… no me mire a mí; mire, aunque sea de refilón, a ese antes y ese después de Cristo. El mundo cambió y el universo es bien distinto desde que, una estrella, la que guió a unos sabios y “sorprendió” a Herodes con toda su Corte, apareció en el firmamento. Los pueblos y las civilizaciones ya sólo giran a su alrededor, tanto si lo aceptan como si lo rechazan. Cristo es, pues, centro de la Historia y el origen de la felicidad. Así como, también, la triste consecuencia del repudio, pues no hay otra dicha.



Además, mientras más cerca estemos de la fuente, con mayor frecuencia podremos beber de unas aguas tan puras y saludables. Sólo yo puedo engañarme si, sabiendo de Él, lo ignoro. Cada persona es libre de aceptarle y de elegir el camino más apropiado para ese encuentro. Buscar a Cristo y encontrarle, equivale a enamorarse de Él y no dejarle, desde la fidelidad. No le dejes y te enamorarás; no hay otra fórmula.
Se oponen la soberbia y la envidia. Que no consienten que el hombre sea salvado por otro distinto de sí mismo y procurarán llevarle, si entra en su juego, al propio reinado o dominio; al margen de Cristo (Salmo II). Como si el hombre se hubiera dado la vida o fuera su propio creador. En esto consiste el mal.


Cristo es el centro de la Historia pues, el primer Adán, no aceptó ser criatura. Por ello y por nuestro amor, el mismo Dios aunó, en Sí mismo, a la criatura y al Creador.



Javier Peña Vázquez * Málaga

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