lunes, septiembre 25, 2006

Fe, razón y voluntad. La irracionalidad del pensamiento débil (I)

Fe, razón y voluntad. La irracionalidad del pensamiento débil (I)

Hoy en día se ha hipertrofiado la voluntad a costa de la razón. Las ansias de una libertad ilimitada han dado paso al dominio de la voluntad. La voluntad como norma absoluta de conducta aparece sin freno ante nuestros ojos.

Con esa exaltación del querer caen dentro de nuestro interior todas las barreras que establecía la razón en cuanto asignaba a nuestros razonamientos un freno: el freno de lo verdadero o de lo falso. Ahora la falsedad de mis proposiciones la dictamino con mi voluntad soberana. Soy yo, un ser autónomo, el que elijo por un acto puro de voluntad y sin condicionantes lo que quiero considerar como verdadero.

Y si trasladase ese criterio individual al ser social, sería la sociedad, la mayoría, la que determinase las verdades por expresión de la voluntad popular. Ya no se eligen los caminos para el “bien común”, ya no hay bien, hay sencillamente un campo sin explorar, sin caminos y sin metas... es la voluntad mayoritaria la que determinará los objetivos y los medios para esos fines, fines también liberados del freno de la bondad o maldad de nuestras acciones.

Hoy, tanto desde un pensamiento individualista como colectivista, se ha sustituido la objetividad de la verdad y del bien por la subjetividad de la determinación de la voluntad individual o colectiva.

Pero hay diferencias. Cuando nos quedamos en el individualismo, esa determinación autónoma de lo que consideramos verdad o bueno para nosotros admite que haya “otros” que hayan elegido, también de un modo irracional según sus principios subjetivistas, un sistema “aparentemente idéntico” al que podría tener un cristiano o una persona que sostuviese verdades objetivas en el orden natural; lo único que no admite es que pienses que ese sistema elegido sea la Verdad, será tu verdad.

El sistema colectivista, que coincide con el desarrollo que estamos haciendo de la democracia occidental, considera que el individuo debe someterse a los dictados de la mayoría. Y si la mayoría ha decidido que la verdad es hoy de determinado color, no cabe que seas cristiano o que consideres que existen verdades de orden natural. Para ese sistema eres un trasgresor. Lo más que puede pasarte es que se te tolere, pero no se permitirá que eduques a los hijos según tus valores, porque son “anti-sociales”, son considerados como una falsedad.

Los dos caminos llevan a un mismo juicio sobre el ser humano. Se le ha convertido en un ser irracional. Al exaltar la voluntad autónoma no cabe el razonamiento en busca de la verdad. La razón pierde protagonismo y sentido.

Eso sí, quedan parte de las funciones de la razón: la búsqueda “técnica” de los procedimientos para lograr los objetivos que le dictamine, tiránica, la voluntad soberana. Valga por ejemplo el avance en la técnica de hornos crematorios de la ciencia alemana al servicio del nazismo.

El hombre, llevado por la voluntad soberana también pierde el fin específico de la voluntad: adherirse al bien; y pasa a ser gobernado por el “me apetece”, “me gusta”, “me sienta bien”... y, en definitiva, cae en manos de sus instintos y pasiones. Se animaliza.

Así es el hombre del pensamiento débil. Sin razón, irracional. Sin voluntad del bien, seguidor de instintos y pasiones.

frid

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